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Quejarse en una fuente de conocimiento

Gracias a Nieves y la biodanza, Stilton estaba tomando mucha conciencia de sus sentimientos. Cada vez daba más importancia a la relación de pareja que tenía con Lina desde hacía ya muchos años, aunque hacía mucho que la sentía casi invisible. Pero pronto todo iba a empezar a cambiar. Todo aquel entrenamiento ya empezaba a susurrarle que había muchas cosas que no estaban funcionando.

Los primeros pasos llegaron cuando Stilton se convenció a si mismo de que aunque le resultase estúpido y se avergonzara, aunque en principio creyera que no era constructivo ni sirviera para nada, iba a quejarse a Lina de las cosas que no le gustaban en su día a día con ella. Igualmente, iba a decir lo que él quería incluso aceptando que no podría ser concedido, o que Lina no querría dárselo. Puede parecer extraño, pero Stilton creía que no tenía sentido quejarse o pedir cosas cuando pensaba que no había una solución. Como consecuencia, ante las cosas que no le gustaban, se mantenía impasible, bloqueado, con los ojos abiertos, sin decir nada. En parte esta actitud había sido reforzada por las enseñanzas budistas que había recibido, que insistían en que el objetivo debe ser el control interior para manejar las emociones. Por otro lado, Stilton también sentía que dicha acttud estaba ahí por razones mucho más ancestrales y recónditas.

Lo primero de lo que Stilton comenzó a quejarse fue de que quería más sexo. Al principio la conversación tenía el aspecto de siempre, pero esta vez él no se avergonzó de extenderse en la temática, y causas más profundas no tardaron en salir. «No me siento atraído por ti» dijo Lina. Stilton, como el que descubre algo que ha estado siempre escondido y que deseaba ser decubierto, sin ninguna acritud, respondió «Muy bien… eso está muy bien». La besó con ternura en la frente y la conversación acabó con ellos abrazados en la cama y un sentimiento de paz interior en algún lugar de Stilton.

 

 

Cartas escritas para no ser enviadas mas allá del corazón del remitente

La que escribiría ahora

Hola Leo,

¿Qué tal? Hace mucho que no sé nada de ti. Quizá podríamos vernos un día.

Un beso,
Stilton

Una sin evitar sonar maleducado

Hola Leo,

Hace mil años que no sé nada de ti. Te escribí tres emails y no me respondiste ninguno. Ya te vale. Me gustaría verte, pero me parece fatal que tenga que ser siempre yo quien contacte contigo. Eres un encanto en persona, pero pareciera que no quieres organizar una quedada conmigo ni aunque te mataran. Me pregunto si eres así porque no piensas en mí, porque te da vergüenza o porque quieres evitar que me enamore de ti. Ay… si al menos supiera que tratas igual a los otros me aliviaría, la verdad, aunque lo lamentaría por ti.

En fin, que yo que sé qué hacer contigo. ¿No me quieres ver más? Me dijiste que todo continuaría siendo igual para ti… se te quedaron grandes las palabras, ¿verdad? Tú siempre queriendo ser tan dura… y ahora no eres capaz de tratarme con normalidad. ¿Tienes un plan? ¿Acaso el plan es ignorarme hasta que se me pase cualquier ápice de amor? ¿Quizá hasta que se te pase a ti la tontería? Como sea así espero que al menos no te sientas orgullosa de tu estrategia, porque se podría vomitar encima.

¿No crees que estaría bien vernos? ¿Que las cosas se podrían calmar si nos viéramos y nos reconociéramos?

A ver si esta vez me respondes.

Stilton

Uno el que no me corto en contar mi pena.

Hola Leo,

¿Cómo estás? Yo me siento muy incómodo, la verdad. Aún no he aceptado que dejaste de responderme los emails y me duele mucho que no quieras contactar conmigo. Me muero de ganas de verte y de hablar contigo. Busco tu cara en todas las esquinas. No puedo evitar buscarte siempre que camino por la facultad o por la ciudad. Voy a la biblioteca expresamente a ver si estás en las mesas en las que te vi alguna vez. Te busco en las escaleritas con sol, donde se ponen las chicas coloridas que muestran la piel de sus brazos hasta los hombros. Las chicas que me gustan como tú. Quiero acariciar tus brazos. Quiero darte un beso en la mejilla.

Quiero oírte. Quiero que me digas algo de todo esto. Me gustaría que me dijeras qué piensas. Aunque yo creo que sencillamente no piensas en mí, al menos una mínima parte de lo que pienso yo en ti. ¿Por qué no quieres contactar conmigo? ¿Es porque te da vergüenza?

Estoy enamorado de ti. Todo este tiempo ha sido una historia de desamor. Los meses pasan y no te vas de mi cabeza. Solo pienso en encontrarte. Solo deseo que estés alegre a mi lado.

Te extraño con todo mi ser.
Stilton

Una en la que soy muy sincero con lo que quiero ahora

Leo. Quiero verte. Mi estómago me lo pide sin descanso. Vivo en un sinvivir pensando si nos encontraremos, no sabiendo qué va a pasar. Estoy enamorado de ti, sí, pero ya está. No espero que hagas nada. Solo quiero que seas neutral. ¿Qué más te da? Nos vemos y ya está. Ya está. Nos vemos y ya está.

La que escribiría ahora, una en la que solo pido algo muy razonable, pero sin argumentar que así es: no quiero hacerme la víctima, solo quiero decir lo que quiero

Hola Leo,

¿Qué tal? Me siento intranquilo de no saber de ti. Me alegraría mucho hablar contigo y darte un abrazo. Hubiera preferido que contactaras tú conmigo, pero te escribo porque realmente te lo agradecería.

Un beso,
S

La libertad de experimentar sin vergüenza

No debo avergonzarme de lo que siento por sentirlo. Ni tampoco por creer que involuntariamente comunico mis sentimientos a través de mi cuerpo. Mis sentimientos son parte únicamente de mi universo, y soy el único encomendado para atenderlos.

Nadie puede ser juez de lo que siento, si acaso yo. Solo tiene sentido criticar las acciones, si acaso.

Pero, a veces, las acciones derivan de lo que siento. Como dar un beso. O una mala respuesta.

¿Y las palabras? Las palabras también puedan cruzar de un mundo a otro.

¿Qué hacer? ¿Qué hacer entonces?

Quizá es fácil acostumbrarse a actuar de acuerdo a las emociones. Y apuesto a que nada que salga de ahí puede ser tan grave.

Hmmm… Los celos. La guerra de Troya. La dinámica del egoísmo. Hmmm… O quizá sí. Hmmm…

Pues prueba. ¿Por qué no? ¿No debes también respeto a ti mismo? Seguro que sabes parar si la cosa se dirige a males mayores. No será tan corto el camino.

¿Por qué no confiar en que sabrás controlar el paso cuando sea necesario? ¿Por qué no confiar en ti mismo? ¿Por qué aceptar lo que hacen los otros y no confiar en que tú harás lo correcto?

Tú.

Es imposible responder a los sentimientos de otro

Stilton estaba intimando con una vieja amiga muy sabia, Nieves. Le contó su situación con Leo, y ella le convenció de que hay mucha gente que no sabe gestionar bien sus emociones. Pero no solo eso, día tras día llegaron mucho más lejos. Rápidamente, Nieves se dio cuenta de que Stilton era una persona muy mental y que necesitaba «bajar a la tierra» y le insistió en que asistiera a clases de biodanza. Al principio, las defensas de Stilton se negaron aludiendo que no tenía tiempo, pero tras pasar un fin de semana relajado decidió que podía probar aquello, aunque le diera un poco de vergüenza.

Tras el taller, a Stilton le resultaba difícil describir lógicamente qué se hace en una clase de biodanza. Pensó «Lo importante no es lo que se hace, sino lo que se siente». Si le obligaran a verbalizarlo diría que en todas las actividades hay música y que, por ejemplo, se hace un corro cogidos de la mano y se da vueltas en círculo, bailando sin orden y mirando a los otros; que hay actividades introvertidas en las que se intenta sentir determinadas experiencias por uno mismo, y otras en parejas y grupales en las que se favorece el contacto, de cualquier tipo imaginable; que no se permite hablar de la forma habitual y se recurre a la expresión no verbal, comúnmente en forma de algo que podría llamarse «baile», pero para el que no es necesario saber absolutamente nada ni tener coordinación.

Entre las cosas que más le impactaron fue descubrir que le costaba prolongar el contacto visual, que se esforzaba mucho en sonreír a los otros, y que se sentía raro o incómodo cuando las mujeres no querían mantener contacto con él. En esa línea, la dinamizadora había dicho que es imposible responder a los sentimientos de otro, que se trata de una comunicación en una sola dirección. Aquello sobrecogió a Stilton pues sentía la responsabilidad de estar a bien con todo el mundo, especialmente con sus padres. Durante toda su vida se había esforzado intentando que no sufrieran las personas de su entorno.

Este sentimiento explotó en el baile de la semilla. En él se simboliza el fin del invierno y la llegada de la primavera, saliendo de dentro para mostrarse al mundo exterior. Con los ojos cerrados y desde una posición cerrada cerca del suelo, lentamente, hay que empezar a abrirse y a coger altura, despojándose de las rigideces y abriendo los miembros. Stilton no llegó a ponerse de pie cuando se indicó que era el momento de interactuar con el resto de seres. A pesar de que le daba vergüenza no seguir las instrucciones de la dinamizadora, echó raíces intentando buscar una posición estable.

Todos bailaban por parejas, solo Nieves quedaba desparejada. A pesar de haberse mostrado anteriormente muy abierto, ahora Stilton se oponía a mostrarse a todas aquellas caras, pero deseó que Nieves le ayudara a levantarse y le invitara a bailar. Y así sucedió. Stilton la miró con ojos de enamoramiento abandonado, de niño bueno. Nieves fue muy amable con él pero, por alguna razón, Stilton pensó que se encontraba incómoda de que él se sintiera enamorado de ella, de que ahora él le estuviera manifestando aquel sentimiento. Durante toda la noche aquella idea rasgó la mente de Stilton.

Planeó ir a las clases de biodanza en las que ella no asistiría y así evitar que se repitiera la situación. No quería ser un problema para nadie.

A la mañana siguiente, pocos segundos después de levantarse, recordó aquel nudo, aunque más suave. Sin poder dejar de pensar en aquello, unas horas más tarde, recordó las palabras de la dinamizadora, y en ese momento le reconfortaron. «No se puede responder a los sentimientos de otro».

Un encuentro para reprochar la ausencia

Stilton fue recobrando un nivel razonable de paz mental y tenía una perspectiva mucho más objetiva. Aunque al principio aún mantenía fantasías con ella, cada vez fue volviéndose mucho más consciente de lo ventajoso que era quitarse esa venda que dicen tener los enamorados en los ojos.

Pero el tiempo pasaba y pasaba, tres meses ya desde el paseo en las montañas. Stilton no pensaba en un posible camino feliz con Leo, pero continuaba buscándola en cada esquina mientras caminaba por la ciudad. De manera premeditada o por casualidad, algún día, tendrían que hablar de por qué ella no contactaba con él, y él se encontraba impaciente por que llegara ese momento. No quería suponer que ella ni nadie cercano quisiera comportarse de forma indiferente hacia él, además de que su sentido común le decía que ella no deseaba hacerle daño. Pero, por otro lado, él ya había dado muchos pasos en esa dirección, y ella no daba señales de querer que el encuentro sucediera. Aquello era demasiado desorden para Stilton, demasiada violencia.

Del enamoramiento a la incomodidad

Habían pasado casi dos meses desde el día en que Stilton comunicó sus inquietudes a Leo. Había intentado comunicarse por correo electrónico con ella en varias ocasiones, pero nunca recibía respuesta. Una vez se la encontró por la calle, pero ella tenía prisa y dijo que estaba agotada tras la época de exámenes. Stilton no lo comprendió, pues él pensaba que lo normal sería que se sintiera liberada una vez acabados. En breve, ella insistió en que llegaba tarde, y aunque con una voz débil parecía promover un futuro encuentro, Stilton estaba incómodo y no la dejó acabar. Ejecutando un acto de despedida sin espacios soltó «¡cuando tú quieras!, ¡cuando tú quieras!» y se fue rápidamente de allí sin mirar atrás.

Stilton estaba preocupado de que Leo no quisiera realmente quedar con él. Pensaba «¿Por qué en persona siempre parece querer verme? No respondiendo a mis correos aparenta lo contrario». Eso le hacía pensar que ella debía sentirse en un compromiso cuando se encontraban por casualidad, y entonces su consciencia le movía a aparentar que deseaba quedar con él.

En el pasado, Stilton había vivido situaciones muy similares, aunque le costó darse cuenta de que se trataba de la misma situación. Por ejemplo, Cheli cortó sus comunicaciones con él: aunque Stilton le escribía mensajes cada vez más acusativos, solo después de un tiempo de silencio consiguió volver a contactar con ella; pero en cuanto comenzó de nuevo a ahondar en la temática de por qué no le respondía, la comunicación se acabó. Con Ana le pasó algo muy parecido, incluso conociéndose desde mucho tiempo atrás; tras algún desentendimiento, ella dejaba de responderle. Siempre había sufrido mucho por esto y nunca había entendido el por qué.

Stilton había estado convencido de que, independientemente de que sus amigas estuvieran enamoradas o no, podría recibir de ellas el cariño que deseaba. Pasó los siguientes días indagando en esta idea, y cada vez iba viendo la situación de forma diferente. Era como un proceso de desprogramación en el que de repente avanzaba a velocidades de vértigo. Una mañana se convenció de que había un sinsentido por alguna parte, y que preferiría no sentir más ese nudo interior que asociaba al enamoramiento. Y en ese momento le apareció un sentimiento que no le había aparecido hasta ahora: vergüenza. Sintió vergüenza de actuar como un enamorado cuando la otra parte no lo está.

Viéndolo con distancia, podía entender que a sus amigas se sintieran incómodas diciéndole que no deseaban estar con él, que la situación les resultaba incómoda o que simplemente no querían seguir comunicándose en esos términos: él colgado de ellas y ellas no suficientemente cercanas. «Entonces, quizá la forma más fácil que encuentran de avanzar es dejar de lado el asunto, pero no se dan cuenta de que ignorarme resulta tan doloroso…», se lamentó.

Resaca de más de una semana

Sucedió. El encuentro sucedió. Pero no de la forma que Stilton acostumbraba a construir en sus fantasías.

Leo se había mostrado extraordinariamente amable despreocupada asertiva, nada visceral, rozando tal límite que Stilton llegó a pensar que, o bien era realmente fría, o bien estaba reprimiendo algo. Stilton se quedó las mañanas siguientes en la cama, pensando con excesiva precisión en la palabras de la conversación (las de él). Le era imposible dejar de pensar en todo aquello, y sabía que no se recuperaría hasta el final de las vacaciones, cuando entrara de nuevo en la rutina.

*******

La fórmula tan meditada no había funcionado, al contrario de lo que esperaba.

— Me siento muy atraído por ti —soltó suavemente Stilton, mientras descansaba sobre Leo con sutileza, inmóvil, con su frente apoyada en el lateral de la cabeza de ella. Y las emociones a flor de piel.

Stilton pensaría que quizá estaba nerviosa. Que quizá no quiso quitarle el punto de apoyo girándose. También que no quiso arriesgarse a recibir un beso en la boca. O que más probablmente vivió aquel momento suprimiendo todos sus sentidos salvo el de la mente. Fuera como fuese, sin mover la cabeza un ápice para mirarle, su respuesta fue:

— ¿Atraído en qué sentido…? ¿Sexualmente? —donde la última palabra sonó de una suerte irónica.

Stilton respondió con la primera verdad que encontró que se atrevía a decir:

— Es difícil para mí distinguir entre el límite de la parte sexual y la emocional.

Tras un rato de silencio, Stilton se sintió en la necesidad de responder de forma más concreta a aquel dilema, pero era perfectamente consciente de que no había resuelto ese tema con anterioridad:

— Por supuesto que me atraes mucho sexualmente… pero no es por eso que te digo esto.
— ¿Que sí o que no?
— Que no.
— Vale, eso es muy importante.

La conversación se alargaría algo más, pero para una temática tan escurridiza, estas palabras fueron de las pocas que ambos recordarían con exactitud. De manera muy liviana, Leo le diría a Stilton que quería estar muy segura antes de corresponder a otro. Stilton pensaría que quizá podría haberse equivocado diciendo que no quería con ella mero sexo, que quizá eso sí lo hubiera aceptado. De hecho, en la cama, a la tercera mañana desde entonces, a Stilton le fue revelado el comentario más sincero que encontraba para aquella ocasión:

«En cualquier relación que tenga contigo, nunca voy a poder dejar de lado la parte emocional. Pero lo que me ha impulsado a decírtelo, con diferencia, es mi incontrolable libido.»

Pero lo que Stilton no pensó es que, la parte a la que él refirió como emocional, se le llama más comúnmente amor. Y Stilton no estaba preparado para hacer las cosas sin amor.

«Estoy enamorado de ti» contra «me atraes mucho sexualmente»

Stilton no paraba de pensar en cómo la besaría, en cómo haría el amor con Leo. Todos los días al levantarse se masturbaba pensando en ella. Sin embargo, aun no tenía claro qué iba a decirle para comenzarlo todo. Un amigo le había reprochado que decir «estoy enamorado de ti» era desaconsejable porque aunque lo viera muy claro, son palabras a las que cada uno da connotaciones diferentes. Le indicó que era mejor ir poco a poco, dejar que las cosas surgieran sin necesidad de hablarlas. Stilton refunfuñó. Estaba convencido de que sus sentimientos eran muy buenos y que no podía ser que no pudieran ser correctamente transmitidos con palabras sencillas. Con unas cuantas frases que no pivotaran siempre en una palabra o expresión particular debería ser posible vislumbrar qué era lo que él sentía y qué no.

En un intento por buscar palabras más claras, Stilton pensó en «me atraes mucho sexualmente». Sin embargo, pensó que sonarían demasiado materialistas. «Pero, por Dios, es que eso es lo que siento desde lo más profundo… esa es la esencia de todo» reconocía Stilton.

Finalmente se convenció de que «me siento muy atraído por ti» era el mejor compromiso entre implicación, realidad y formalidad.

La práctica de paciencia

La cita en las montañas no pudo ser finalmente. Las circunstancias de Leo hacían que las citas nunca se materializaran. Aunque de vez en cuando se topaban por casualidad, Stilton nunca encontró la ocasión adecuada para transmitirle sus inquietudes amorosas. Sin embargo, aunque Stilton no lo creía, sí que era bastante transparente, y Leo ya se había dado cuenta.

Acordaron quedar el Domingo en casa de ella para almorzar. El fin de semana avanzaba y Leo no fijaba la hora a la que debería pasarse por su casa. Muy intranquilo, Stilton se levantó el Domingo por la mañana temprano. Aunque se había acostado muy tarde, evitó a toda costa quedarse dormido y pensó en una solución. Decidió llamarla por teléfono.

— ¿Sí…? —dijo Leo, con una voz que evidenciaba que acababa de ser despertada.
— Hola, Leo, soy Stilton.

Pasaron largos segundos, y Leo no decía nada. Stilton pensó que estaba poniendo orden en su cabeza.

— Hola, Stilton. Estaba dormida.
— Lo siento —respondió tras una breve espera.

Stilton pensaba en disculparse, pero sentía tanta confianza con Leo que entendió que no había necesidad de desviar la conversación yendo por ahí. En lugar de eso, encontró morboso el escuchar a aquella chica que, si usualmente ya tenía una voz tan sexual, recién levantada era realmente excitante. Sin embargo, el estado anímico de Stilton estaba a punto de dar un giro copernicano. Pasaron muchos otros segundos antes de que Leo se decidiera a hablar.

— Stilton, lo siento mucho. Desde hace un tiempo he notado que estas intentando contarme algo y que nunca has tenido la ocasión para decírmelo —arrancaba a hablar Leo del tirón, con firmeza, sin dejar que la interrumpieran…

El corazón de Stilton aceleró a mil por hora. Estaba completamente aterrorizado. Pensó que a continuación le diría que ya estaba cansada de ese juego y que ella no quería nada con él, que parara de una vez. Pensó que debía ser frustrante para ella. Estar esperando un momento que nunca llegaba para poder decirle «no» educadamente. El haberla despertado un domingo por la mañana era la gota que colmaba el vaso. Stilton intentó buscar una silla para sentarse y poder recibir todo aquello, pero era tal su bloqueo que no fue capaz de hallar ninguna. Sin embargo, aunque muy viscerales, las palabras de Leo se sucedían y parecían no ensañarse con él. Leo explicó que la noche anterior se había peleado con una amiga y que no iba a tener fuerzas para estar con él ese día. Después volvió a insistir en que era consciente de que Stilton estaba intentando quedar con ella para decirle algo importante, aunque en esta ocasión sonaba más bien a una disculpa, aludiendo que nunca encontraba la ocasión para quedar con él; ¡incluso dijo entre dientes que no pensara que era «gilipollas»! Para Stilton era muy impactante pensar que ella lo sabía tan claramente, nunca lo había imaginado. Intentó agradecerle su sinceridad, pero ella no paraba de hablar, por lo que no quiso cortarla.

Cuando hizo una pausa, Stilton le reconoció que realmente tenía aquellas inquietudes.

— Es completamente cierto —dijo.
— ¿Y tú como estás? —preguntó Leo para sorpresa de Stilton.

Stilton no pudo reconocer su dolor pues entonces tendría que desvelar el contenido de la cita por teléfono, y parecía claro que aquella llamada no era para resolver aquello. En su lugar le dijo que, de alguna forma, también estaba bien para él, a modo de ejercicio personal, que la cita se retrasase para aprender a ser más paciente y a librarse de los apegos, como le había enseñado su maestro budista. Stilton confiaba en que sus palabras sonaran sinceras y no fuera malinterpretado y a Leo pareció hacerle gracia.

La conversación duró un poco más, pero no había solución posible en aquel momento. Era imposible prever cuándo estaría dispuesta a quedar; la llamada tenía que acabar. Según Stilton, se despidieron con los «Ciao» más dulces que se habían dado nunca.

Las ideas sencillas cogen fuerza cuando vienen de la experiencia

Leo y Stilton se citaron finalmente para dar un paseo por las montañas. Caminarían por las crestas más altas, donde las horas pasarían en el silencio de las cumbres, escurriéndose por las secas laderas de Septiembre. Tendrían oportunidades de sobra para poderse decir todo aquello que la vergüenza les dejara.

Stilton decidió recapitular y trabajar en algunos pensamientos que le habían surgido durante el Camino; inevitablemente surgiría la conversación, y no quería mostrarse dubitativo. Era una persona a la que realmente se le atragantaban las palabras si no se encontraba convencido de lo que iba a decir.

Pensar sobre el Camino le emocionaba. Muchas ideas tomaron allí una gran trascendencia que, aunque siempre sonaban bien, no les daría una mayor importancia en situaciones normales. Era el haberlas descubierto por si mismo, paso tras paso, pensamiento tras pensamiento, experiencia tras experiencia, lo que le había hecho creer firmemente en ellas, en que tendría que seguirlas para tener una vida más feliz.

Pero, contrariamente, la vuelta a la rutina iba borrando aquella explosión original de motivación, y conforme pasaban los días, cada vez se parecía más al Stilton de antes. Había roto su excelente horario de sueño y comidas; comía restos a cualquier hora para evitar cocinar, lo cual le había hecho volver a adelgazar; se acostaba a horas inimaginables, cuando ya le flaqueaban las fuerzas para tenerse delante del ordenador. Stilton pensaba en esto y se daba cuenta de que tenía que hacer algo para retomar el control de su vida.

La primera idea que recordó del Camino fue que el sistema educativo de su país no enseñaba a los jóvenes a descubrir el mundo. «Pasar tiempo sin nada que hacer con otras personas, mucho tiempo, es una fuente genial de motivación para la creación de la filosofía de cada uno. En el día a día, todos están muy ocupados y apenas pueden dedicar tiempo a aprender de las experiencias o hablar desde el interior. Como consecuencia, a menudo lo preconcebido y los complejos son los que llevan la razón. En los tratos ligeros y rápidos no hay oportunidad de generar situaciones de aprendizaje pero, por el contrario, pasar muchas horas con otros generará motivación y posibilidades de explorar nuevas conversaciones. Se podrá hablar sobre los miedos de uno, sobre sus inquietudes más profundas.»