La cita en las montañas no pudo ser finalmente. Las circunstancias de Leo hacían que las citas nunca se materializaran. Aunque de vez en cuando se topaban por casualidad, Stilton nunca encontró la ocasión adecuada para transmitirle sus inquietudes amorosas. Sin embargo, aunque Stilton no lo creía, sí que era bastante transparente, y Leo ya se había dado cuenta.
Acordaron quedar el Domingo en casa de ella para almorzar. El fin de semana avanzaba y Leo no fijaba la hora a la que debería pasarse por su casa. Muy intranquilo, Stilton se levantó el Domingo por la mañana temprano. Aunque se había acostado muy tarde, evitó a toda costa quedarse dormido y pensó en una solución. Decidió llamarla por teléfono.
— ¿Sí…? —dijo Leo, con una voz que evidenciaba que acababa de ser despertada.
— Hola, Leo, soy Stilton.
Pasaron largos segundos, y Leo no decía nada. Stilton pensó que estaba poniendo orden en su cabeza.
— Hola, Stilton. Estaba dormida.
— Lo siento —respondió tras una breve espera.
Stilton pensaba en disculparse, pero sentía tanta confianza con Leo que entendió que no había necesidad de desviar la conversación yendo por ahí. En lugar de eso, encontró morboso el escuchar a aquella chica que, si usualmente ya tenía una voz tan sexual, recién levantada era realmente excitante. Sin embargo, el estado anímico de Stilton estaba a punto de dar un giro copernicano. Pasaron muchos otros segundos antes de que Leo se decidiera a hablar.
— Stilton, lo siento mucho. Desde hace un tiempo he notado que estas intentando contarme algo y que nunca has tenido la ocasión para decírmelo —arrancaba a hablar Leo del tirón, con firmeza, sin dejar que la interrumpieran…
El corazón de Stilton aceleró a mil por hora. Estaba completamente aterrorizado. Pensó que a continuación le diría que ya estaba cansada de ese juego y que ella no quería nada con él, que parara de una vez. Pensó que debía ser frustrante para ella. Estar esperando un momento que nunca llegaba para poder decirle «no» educadamente. El haberla despertado un domingo por la mañana era la gota que colmaba el vaso. Stilton intentó buscar una silla para sentarse y poder recibir todo aquello, pero era tal su bloqueo que no fue capaz de hallar ninguna. Sin embargo, aunque muy viscerales, las palabras de Leo se sucedían y parecían no ensañarse con él. Leo explicó que la noche anterior se había peleado con una amiga y que no iba a tener fuerzas para estar con él ese día. Después volvió a insistir en que era consciente de que Stilton estaba intentando quedar con ella para decirle algo importante, aunque en esta ocasión sonaba más bien a una disculpa, aludiendo que nunca encontraba la ocasión para quedar con él; ¡incluso dijo entre dientes que no pensara que era «gilipollas»! Para Stilton era muy impactante pensar que ella lo sabía tan claramente, nunca lo había imaginado. Intentó agradecerle su sinceridad, pero ella no paraba de hablar, por lo que no quiso cortarla.
Cuando hizo una pausa, Stilton le reconoció que realmente tenía aquellas inquietudes.
— Es completamente cierto —dijo.
— ¿Y tú como estás? —preguntó Leo para sorpresa de Stilton.
Stilton no pudo reconocer su dolor pues entonces tendría que desvelar el contenido de la cita por teléfono, y parecía claro que aquella llamada no era para resolver aquello. En su lugar le dijo que, de alguna forma, también estaba bien para él, a modo de ejercicio personal, que la cita se retrasase para aprender a ser más paciente y a librarse de los apegos, como le había enseñado su maestro budista. Stilton confiaba en que sus palabras sonaran sinceras y no fuera malinterpretado y a Leo pareció hacerle gracia.
La conversación duró un poco más, pero no había solución posible en aquel momento. Era imposible prever cuándo estaría dispuesta a quedar; la llamada tenía que acabar. Según Stilton, se despidieron con los «Ciao» más dulces que se habían dado nunca.
