Del enamoramiento a la incomodidad

Habían pasado casi dos meses desde el día en que Stilton comunicó sus inquietudes a Leo. Había intentado comunicarse por correo electrónico con ella en varias ocasiones, pero nunca recibía respuesta. Una vez se la encontró por la calle, pero ella tenía prisa y dijo que estaba agotada tras la época de exámenes. Stilton no lo comprendió, pues él pensaba que lo normal sería que se sintiera liberada una vez acabados. En breve, ella insistió en que llegaba tarde, y aunque con una voz débil parecía promover un futuro encuentro, Stilton estaba incómodo y no la dejó acabar. Ejecutando un acto de despedida sin espacios soltó «¡cuando tú quieras!, ¡cuando tú quieras!» y se fue rápidamente de allí sin mirar atrás.

Stilton estaba preocupado de que Leo no quisiera realmente quedar con él. Pensaba «¿Por qué en persona siempre parece querer verme? No respondiendo a mis correos aparenta lo contrario». Eso le hacía pensar que ella debía sentirse en un compromiso cuando se encontraban por casualidad, y entonces su consciencia le movía a aparentar que deseaba quedar con él.

En el pasado, Stilton había vivido situaciones muy similares, aunque le costó darse cuenta de que se trataba de la misma situación. Por ejemplo, Cheli cortó sus comunicaciones con él: aunque Stilton le escribía mensajes cada vez más acusativos, solo después de un tiempo de silencio consiguió volver a contactar con ella; pero en cuanto comenzó de nuevo a ahondar en la temática de por qué no le respondía, la comunicación se acabó. Con Ana le pasó algo muy parecido, incluso conociéndose desde mucho tiempo atrás; tras algún desentendimiento, ella dejaba de responderle. Siempre había sufrido mucho por esto y nunca había entendido el por qué.

Stilton había estado convencido de que, independientemente de que sus amigas estuvieran enamoradas o no, podría recibir de ellas el cariño que deseaba. Pasó los siguientes días indagando en esta idea, y cada vez iba viendo la situación de forma diferente. Era como un proceso de desprogramación en el que de repente avanzaba a velocidades de vértigo. Una mañana se convenció de que había un sinsentido por alguna parte, y que preferiría no sentir más ese nudo interior que asociaba al enamoramiento. Y en ese momento le apareció un sentimiento que no le había aparecido hasta ahora: vergüenza. Sintió vergüenza de actuar como un enamorado cuando la otra parte no lo está.

Viéndolo con distancia, podía entender que a sus amigas se sintieran incómodas diciéndole que no deseaban estar con él, que la situación les resultaba incómoda o que simplemente no querían seguir comunicándose en esos términos: él colgado de ellas y ellas no suficientemente cercanas. «Entonces, quizá la forma más fácil que encuentran de avanzar es dejar de lado el asunto, pero no se dan cuenta de que ignorarme resulta tan doloroso…», se lamentó.